¿Por qué incendian iglesias en Chile?: una guerra irregular contra Occidente

¿Por qué incendian iglesias en Chile?: una guerra irregular contra Occidente

Creo, sinceramente, que ni el presidente Sebastián Piñera, ni la mayoría de los chilenos de bien, han dimensionado el ataque del que son víctimas.

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Lo que ocurre en Chile va más allá de la común lucha socialista por llegar al poder. Lo que en el fondo quieren es destruir la cultura occidental (EFE)
Creo, sinceramente, que ni el presidente Sebastián Piñera, ni la mayoría de los chilenos de bien, han dimensionado el ataque del que son víctimas.
Lo que ocurre en Chile no es simplemente la arremetida de un grupo de socialistas que quiere llegar al Congreso y a la presidencia y replicar el modelo cubano o venezolano. Lo que tiene lugar en el país austral es, además, una guerra irregular contra Occidente. Específicamente, lo que enfrentan los chilenos es un ataque práctico y teórico contra las instituciones que refuerzan y mantienen los valores occidentales. La idea, al final, es destruir el sistema. Destruir lo que conocemos como sociedad Occidental.
Reflexione el lector en por qué, en menos de un mes de protestas, van decenas de iglesias profanadas e incendiadas. No solo católicas, sino también evangélicas. Las iglesias protestantes no son fáciles de reconocer; a simple vista parecen bodegas o locales. Sin embargo, los «manifestantes» chilenos han ubicado estas iglesias y les han prendido fuego.
En diferentes calles de Chile, y dentro de las iglesias atacadas, los terroristas han pintado en las paredes la frase: «iglesia bastarda».
Si -como dicen los voceros de lo que ahora llaman «primavera chilena»- las movilizaciones son en contra de supuestas injusticias sociales y «mala situación económica», ¿por qué se ensañan con tal violencia contra las iglesias? ¿Qué culpa tienen los creyentes de las decisiones políticas del Gobierno de turno?
Y, en general, ¿por qué desatar tal nivel de caos? Hay ya más de 20 muertos, la mayoría perdieron la vida al quedar atrapados en medio de los incendios provocados los supuestos manifestantes. La Cruz Roja estima que 2.500 personas han resultado heridas. Unas 6.800 empresas pequeñas han sido destruidas, las estimaciones de los daños en infraestructura ascienden a 4.500 millones de dólares. 70 de las 136 estaciones de metro que tiene Santiago han sido totalmente destruidas. Y se han perdido aproximadamente 100 mil puestos de trabajo.
Lo que ocurre en Chile es terrorismo urbano. La gente normal no se enoja y sale a incendiar iglesias o edificios con gente adentro. Estamos hablando de grupos terroristas que quieren cambiar el sistema -como abiertamente lo dicen y lo pintan en las paredes- a través del caos.
Pero no hablan solo de un cambio de sistema económico, digo que lo que ocurre en Chile no es solo el típico socialismo que quiere estatizar la economía y quedarse con el poder político, los chilenos enfrentan una amenaza que va mucho más allá. El fondo, el objetivo final, es un cambio cultural que ni siquiera los mismos cabecillas de estos grupos tienen claro a dónde nos conduciría, pero lo que sí tienen claro es que necesitan deconstruir la cultura occidental. Lo que conocemos como natural. Por eso atacan las iglesias, por eso atemorizan a los creyentes de esa forma.
Aunque estas ideas puedan sonar extrañas y confusas para muchos lectores que no ven en las protestas chilenas más que una intento común del socialismo para llegar al poder, todo esto del cambio cultural la izquierda ya lo ha propuesto y trabajado desde hace años.
Lo que ocurre hoy en Chile parece la puesta en marcha de lo que alguna vez teorizaron Georg Lukács y los «intelectuales» de la Escuela de Frankfurt.
Lukács, por ejemplo, planteaba la necesidad de sumir a las personas en el pesimismo y hacerlas creer que vivían en un “mundo olvidado por Dios”, para de este modo tener las condiciones necesarias de desesperación social que permitirían la adhesión de nuevos militantes a la causa marxista. La iglesia, católica o protestante, es una barrera de contención contra el socialismo.
Pero yendo al fondo del asunto, tanto Lukács como los teóricos de la Escuela de Frankfurt, dejaron de lado el asunto económico y convirtieron la cultura en su centro de estudio, teniendo claro que lo que querían era provocar «cambios sociales masivos».
La escuela de Frankfurt plantea que bajo la Cultura Occidental, todos viven en un constante estado de represión psicológica, que la libertad y la felicidad solo se conseguirá eliminando lo que conocemos como valores occidentales. Por eso hay que atacar las instituciones como la familia y la iglesia, que son las que refuerzan e inculcan las virtudes sobre las que sustenta Occidente.
¿Cuál es la nueva sociedad que quieren construir? Ni ellos lo saben, estos teóricos de la nueva izquierda creían que estaban tan «alienados» por la cultura occidental que hasta que no la destruyeran no podrían ser realmente libres para saber qué es lo verdaderamente deseable.
Eso sí, tienen claro, y escriben ampliamente al respecto -en libros como “Eros y Civilización”- que la destrucción de la cultura occidental pasa por la eliminación de cualquier restricción a la conducta sexual y la normalización del desenfreno, consiguiendo que cualquier cosa que antes pudiera ser tildada de aberrante ahora deba ser aceptada. La familia, como la conocemos, debe desaparecer, la monogamia es para ellos una atadura y los hijos no deben ser de los padres sino del Estado, de la «comunidad». Y por supuesto la religión es un impedimento para la consecución de todo esto.
Estos mismos grupos que atacan iglesias en Chile -tal vez el más conocido es «Individualistas tendiendo a lo salvaje»-, según dicen sus páginas, tienen entre sus objetivos la «lucha contra la civilización y el progreso científico y tecnológico». Dice la «teoría crítica» de la Escuela de Frankfurt que el progreso técnico es «un mecanismo ideológico de alienación». En Chile, siguen al pie de la letra las teorías de los padres de la izquierda moderna.
Ellos entienden perfecto lo que muchos capitalistas y liberales no comprenden aún, sin valores judeocristianos, sin cultura occidental, no hay capitalismo, de modo que tienen claro que una vez destruida la cultura el capitalismo será imposible.
Sí, quieren desechar el capitalismo e instaurar el socialismo, pero su estrategia va más allá de eso y es mucho más difícil de enfrentar, se proponen un cambio cultural y lo están consiguiendo.
Y en eso la derecha sí que tiene la batalla perdida. Mientras ellos le hablan a los jóvenes con discursos seductores de liberación amorosa y sexual, de vidas dedicadas al hedonismo y el descontrol, a nosotros se nos olvidó hablar de valores, se nos olvidó que en el fondo la real barrera contra estos movimientos es educar en el respeto irrestricto por la propiedad privada, en el trabajo duro como única forma de ser dignos y aportar en una sociedad, nos da vergüenza hablar de lo importante que es la familia, el esfuerzo diario y el pensar en el largo plazo y no solo en el hoy.
Una sociedad trabajadora, esforzada, educada en valores, puede salir de un gobierno socialista. Pero una sociedad en la que la izquierda ya se tomó la cultura, está condenada al infierno.
Por supuesto que Cuba y Venezuela están detrás de todo esto, y es el momento para que una coalición internacional trabaje fuertemente y sin medias tintas en frenar la influencia nefasta del castrochavismo en la región. Pero al tiempo hay que trabajar para enfrentar a este enemigo que más que el poder político quiere la destrucción cultural.
No hablamos de una guerrilla uniformada a la que se puede atacar frontalmente -como ocurre en Colombia-, hablamos de terroristas vestidos de civiles que incendian iglesias y causan caos. Chile necesita urgentemente un líder que sea capaz de explicarle a la sociedad lo que hay detrás de las supuestas marchas por una mejor economía. Necesita alguien que tenga el valor de enfrentar, como terroristas que son, a aquellos que las organizaciones de derechos humanos califican como simples «manifestantes».
Pero, sobre todo, chile necesita una sociedad civil movilizada, unas instituciones fuertes, que hagan frente al ataque cultural del que son víctimas y que muy pocos advierten.

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