Lidia Chukóvskaia, una ciudadana ejemplar

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Lidia Chukóvskaia, una ciudadana ejemplar

11/06/2020

Lidia Chukóvskaia

Uno de los episodios más infames de las purgas estalinistas acaecidas entre 1934 y 1938 fue el de las decenas de miles de mujeres soviéticas obligadas a peregrinar incansablemente en busca de información sobre sus esposos, hijos y hermanos arrestados bajo acusaciones de sabotaje y conspiración contra el Estado soviético. Este fenómeno se desencadenó cuando Stalin decidió redireccionar sus persecuciones; ya purgados el Partido Comunista, el funcionariado y el Ejército Rojo solo quedaba por limpiar el resto de la sociedad. Así, el régimen inició una campaña denunciando la existencia de conspiradores contra la sociedad soviética a instancias de potencias enemigas –Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón– disfrazándose de ciudadanos ejemplares. Mediante estridentes eslóganes emitidos por radio, prensa y cine se animaba al pueblo a cumplir con el deber de denunciar a cualquier sospechoso: no hacerlo implicaba, directamente, complicidad. Este escenario desató una gigantesca ola de arrestos, interrogatorios y deportaciones no vistas en Rusia desde la Guerra Civil, y que se conocería como el Gran Terror. La campaña resultó mucho más efectiva de lo que Stalin y sus secuaces habían calculado.

Como la inmensa mayoría de los arrestados eran hombres, fue quedando en la sociedad una multitud de mujeres que, despojadas de sus afectos masculinos, experimentaron un doloroso proceso psicológico y moral: primero, estupor e incredulidad, pues sabían que sus hombres eran inocentes y que, increíblemente, el infalible Estado soviético estaba equivocándose. Luego comprendieron que no había error alguno, ya que el Estado solo reconocía culpables y sospechosos. Si sus hombres estaban presos o deportados al gulag, lo mejor era averiguar a cuánto tiempo los condenaron y a dónde los enviarían, siempre en aras de conservar la esperanza de verlos otra vez. Finalmente, ante la deliberada desinformación que imponían las autoridades las mujeres acabaron comprendiendo que el anhelado reencuentro sería un milagro, y así empezaron a evocarlos como afectos fallecidos, guardándoles luto incluso sin la certeza del deceso. Pero el calvario de las mujeres soviéticas estaba lejos de terminar.

Paralelo al estigma oficial caía sobre estas mujeres un estigma social que les impedía reanudar una vida normal. Solían quedar despedidas de sus empleos e inhabilitadas para hallar otros: cuando el posible empleador inquiría si tenían allegados presos y ellas respondían afirmativamente, la vacante desaparecía de forma súbita. En la intimidad, su situación no mejoraba, pues debían soportar el menosprecio de los vecinos, algo muy grave en un esquema de vida completamente colectivizado como el soviético; de hecho, con frecuencia los vecinos fungían de chivatos para la NKVD –policía política– reportando las actividades de estas mujeres ya catalogadas de sospechosas y culpables. Tan doloroso proceso solía culminar con la deportación, pues las mujeres de los arrestados se convertían en elementos disfuncionales dentro del engranaje social, haciéndose necesaria su supresión. Esta experiencia opresiva y dolorosa de miles de mujeres rusas la experimentó también Lidia Chukóvskaia, quien la legó a la posteridad en su novela Sofia Petrovna, una ciudadana ejemplar.

Lidia Chukóvskaia (Helsingfors, 1907-Peredelkino, 1996), hija del escritor de literatura infantil Korney Chukovski y editora de libros infantiles en San Petersburgo, vivió los embates del terror estalinista cuando en 1937 la NKVD arrestó a su esposo Matvéi Bronstein, importante físico judío pionero en teorías cuánticas y de gravitación en la URSS. Desde entonces, Chukóvskaia inició un largo peregrinaje por cárceles y oficinas policiales en busca de información sobre su esposo, corriendo la misma suerte que sus compañeras de calvario: nunca supo de qué acusaban a Bronstein, solo le informaron que lo habían condenado a «diez años sin derecho a correspondencia» y, finalmente, de que estaba muerto. Convertida ya en objetivo del estalinismo, Chukóvskaia nunca dejó de buscar la verdad sobre su esposo. No sería sino hasta 1990, en el marco del glasnost promovido por Gorbachov, cuando la autora pudo consultar el expediente Bronstein. Entonces leyó en el acta: «Bronstein, Matvéi Petróvich, arrestado en calidad de criminal peligroso, debe ser enviado al departamento del NKVD en San Petersburgo». Entre esos documentos apareció uno firmado por el propio Bronstein negando todas las acusaciones, además del acta de juicio sumarial y de ejecución. Fue asesinado el 18 de febrero de 1938 y sepultado en una fosa común al norte de San Petersburgo. En 1957, cuando Nikita Jruschov ya había denunciado los crímenes de Stalin, Lidia Chukóvskaia recibió el certificado que rehabilitaba la honorabilidad de Bronstein.

Sofia Petrovna, una ciudadana ejemplar fue escrita entre 1939 y 1940, durante la suspensión de las purgas. Chukóvskaia la redactó en un cuaderno escolar que escondía celosamente, sabedora de lo que significaría la incautación de un testimonio como ese, el de su propia vivencia y el de miles de rusas. En la obra se narra la vida de Sofia Petrovna, jefa de redactoras en una editorial de Leningrado y ciudadana soviética ejemplar quien, como millones de rusos, ha sido convencida por la propaganda de la grandeza y justicia del régimen soviético bajo la majestuosa conducción del camarada Stalin. Prueba del éxito socialista es su joven hijo Kolia, prometedor ingeniero y devoto comunista. No obstante, al iniciarse las purgas su hijo es arrestado con paradero desconocido; Sofia, incrédula, piensa que ha habido un error, pues su Kolia nunca pudo cometer un crimen contra el sistema al que ama, mientras se topa con el hecho de la infalibilidad del Estado soviético. Así, Sofia inicia una agónica indagación sobre el paradero de su hijo y las causas de su accidental arresto, mientras comparte trajines con muchas otras mujeres en situación similar. Finalmente, después de meses fantaseando con el regreso de Kolia, recibe carta de este afirmando su inocencia y pidiéndole ayuda para probarla. Pero los nuevos bríos de Sofia se topan con el desesperado consejo de una compañera de vicisitudes, quien le advierte del peligro que representa la mera existencia de esa carta; Sofia, desesperada y atrapada en un laberinto mental, decide quemar aquel papel tan querido para ella.

El manuscrito de Sofia Petrovna… también vivió su particular peripecia. Durante la Segunda Guerra Mundial Chukóvskaia encomendó el cuidado del manuscrito a unos amigos, debido a que la NKVD quería incautarlo por una lectura pública que la propia autora había realizado. Posteriormente, durante el deshielo de Jruschov en los años sesenta, el original mecanografiado estaba listo para editarse, pero nuevas directrices del Partido detuvieron el proceso. Aunque la autora ganó la demanda contra la editorial, la novela no se publicó, aunque circuló por toda Rusia en versiones clandestinas llamadas samizdat. En 1965 aparece en París una versión en ruso no autorizada de Sofia Petrovna… con el título La casa abandonada. Aunque luego se publicó en Estados Unidos con su título y personajes originales, no se publicaría en la URSS hasta 1988.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Chukóvskaia se erigió en defensora de intelectuales rusos perseguidos por el comunismo, tales como Anna Ajmátova –su amiga íntima–, el físico Andréi Sájarov y los escritores Mikhail Zoshchenko, Joseph Brodski y Alexandr Solzhenitsyn, lo que le valió pasar décadas bajo vigilancia de la KGB y repudiada por la intelectualidad oficialista soviética, la cual no le perdonó el retrato que hiciera de ella en su segunda novela, Inmersión, un sendero en la nieve –escrita en los años cincuenta pero publicada en la URSS apenas en 1988–, en la que una escritora es testigo de la cobardía y mezquindad de la intelligentsia socialista mientras medita sobre el asesinato político de su esposo. Inevitablemente, Chukóvskaia pagaría el precio de desafiar al sistema y en 1974, casi ciega y condenada al más severo ostracismo, acaba expulsada de la Unión de Escritores Soviéticos. Sin embargo, en 1990, con la URSS a punto de derrumbarse, la autora recibió el premio Andréi Sájarov al Valor Cívico, en reconocimiento a su ejemplar oposición moral y artística al totalitarismo comunista.

Años después, en sus memorias tituladas Crónica de un silencio, escribió sobre su Sofia Petrovna…:

Por grandes que sean los méritos de futuros relatos o informes, éstos se habrán escrito en otros períodos, separados de 1937 por décadas, mientras que mi obra se escribió con la huella de los acontecimientos aún fresca en mi mente (…) Me habría ahorcado si no hubiese volcado en el papel lo que viví.

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